I. Remolinos de piedra
No es la tierra quien me ha parido
ni el aire, respiradero de vaporosos murmullos
Hija de plañideras, yo
bebo su líquida sal y no me da la gana llorar
la sed de su negra leche
Anido el retoño como sangre de sol que alumbra
sin culpa, la culpa derramada en hormigueros
…y no se agita
Escupo tentáculos, ofensas de quien todo lo quema, y desgarra
Mi herida está hecha de barro húmedo
del que nunca se orea, perene ciénega embalsamada:
Entre sudor caliente:
Un mediodía de enero nació una yegua y me fui a verla trepar a su más alta loma
al atardecer de cada mañana juntas resbalábamos tierra abajo, entre lodazales
Sucias, caíamos mil veces llovidas de agua
translúcida lluvia recia, hirviente, lava de placer y dolor
que el amante sin médula cabalgaba y preñaba
Aún monto su clavado brazo… entre los humedales
su lengua insomne relame mi más tersa, escama
Y esta herida de jaca que sangra y no sana, solo crece y germina
se vuelve cráter de piel, tatuaje de vida en corteza de árbol
Qué ganas de parir en la marea del agua clara
que una de mi madres dejó olvidada
placenta que nos arrastra desde hace dos mil años
Dice mi madre que soy flujo ascenso al sur, resurgam al mediodía
y dice que cuando fui lava y volcán las aguas eran tiniebla pura
Estática y gélida la potra encarnó de la muerte:
de una rosa oscura e hiriente:
Bebes el dorado vino en libación, ombligo
que con delicada lentitud te devora, hundes tu faz en cerúleas cascadas
Pero el ciego ya no agoniza en tus miradas sedientas
Abandoné tu tristeza violenta de gente feliz y tu mirada: eyaculación
que no piensa y se hiela dentro de ti
Es que no sabes mirar de frente, por eso, cerré una a una mis puertas
Antes de en mí morir, me sorprendiste bañándome entre jardines de agua
renacer en las dulces uvas que sin pedir perdón crecen, en la virgen parra
Poco antes de tu muerte huí, huí con la Lengua atorada, entre la furia de
tus remolinos de piedra enardecida, lanzaste tus ruinas de polvo
¡y la Magdalena se mordía la Lengua!
Pero fallaste, no me golpeó piedra alguna
Intacta, dejé de adorar la petrificada sal de tu arenosa
piedra humo tan acre que ni la inocencia del agua subyuga
Gloriosas crines me amarran a la niebla y a su quieto rocío
humedad de secuoyas y maples, ¡y ellos sí que por mis ojos lloran!
Te digo una cosa, tengo ganas de resucitar, sin la culpa del absuelto
y cuidar del perfume de la viña, adolescencia de múltiples espejos, trozos de rostro
También yo soy sol derramado Ícaro, esperma alud
pero amo la bruma, que no acusa ad libitum y corta al filo de la navaja
Niebla, agua sin tabú, niebla sin traición, niebla: rebeldía del cuerpo
II. Niebla
Esta niebla de congoja que no se va
se funde entre lazos de séptica ternura, extravío
corrupción del agua, temazcal de todos los días
Agua de hierbas sanación vapor vaho de bocas
semi abiertas colmillos acero mordiscos de la memoria
Encontré una roca rodeada de hojas enormes y frescas
Me acosté en ella a ver pasar el día, al sentir lo caliente
filo de tu flecha pedernal
la adolescente de risa primigenia dejó de llorar
Por las mañanas devoramos duraznos
de tersa piel, de pelos finos y aglomerados
Comemos de todo, ungidos en aceites de olivo y menta</em
y luego con lentitud chupamos la semilla hueso de laberintos</em
donde uno a uno en trocitos de seda quedan escondidos
nuestros líquidos más íntimos
flujos y astillas de nuestro sexo, mi sexo
Ojo de agua remolino fortitud lluvia que no cesa
Solo la niebla me percibe y descubre
la insidia de mi deseo
Qué perras ganas de ladrar el placer ocluido
dejarlo ir, pujarlo, purificar el corazón
Ladrar de éxtasis celada entre sábanas finas, velos de niebla azul, cielo
de satén donde habitan las caricias de olor violáceo
Amor que te regalé, sinuosidad de fiera emocional
Amante atada infiel virgen en matrimonio, niebla no inmaculada
Solo ella come de mí y aúlla con potencia de loba
Sin traicionar el dolor del cuerpo
Me llega tu olor a mamífero extraviado
y tu rabia herida, laberinto de espejos: por fin te conozco, deveras
Del primer fondo de la mar rotas columnas de sal y sangre emergen
pedazos de tu elegía
Eres mi ausencia
Con ella tropiezas una y mil veces cuando en falso te levantabas
Te llegará una tarde temprana, de abismales caídas, noctívagas
Pero esta mañana sin piedad, hay niebla, y entre el vapor se oye a la muda cantar, sin luto
III. El tigre se queda conmigo
El tigre conmigo duerme
su ojo pedernal cuchillo observa
una diminuta pluma caer con pereza
Tres ventanas en la casa de enfrente, la alerta de congelamiento
transmuta en día soleado sinfonía de sombras jaspeadas, tenues
El eco reverberación del tiempo
Trae los sonidos de mis pasos, y el tigre se va conmigo:</em
todo el día…
Aterida de frío
camino el camino del hielo solida espesura
Al llegar, bajamos al río
el agua recorre el rocoso vacío con potencia de invisibles tigres blancos
Al escándalo de sus voces y bramidos me desnudo
Ya adentro de la espesura, con su espuma me bautizan
en la corriente de tu mirada, ceguedad inundada, de hielo
y en témpanos finos colgantes delgadas ramas, árboles
pinos apenas ayer nacidos, que no por eso se mueren del frío
Voy y me vengo dentro y fuera del felino juntos al primer fondo de la corriente
Nuestros muslos de agua tiemblan de calor y frío
peces de aire y humedad sumergidos en juegos de agua
ondas turquesa sedosas piernas desenhebrándose pelo a pelo
Veinte garras recorren mi ombligo que no duerme
Ojo de sol en la madrugada
Alumbra con su tiniebla las manos pinzas de hueso, que me atrapan
y el tigre me aprieta a su vientre por toda una década
que es un minuto lustroso cálido sensual y onírico
Prendemos el audaz fuego en la entraña mojada de la montaña nieve
Cogemos en tardes de luna o desluna el equivalente en una noche a toda una vida
extasiados y sin estrellas </em
Habitamos un laberinto de letras saturado de espacios vacíos, plagado
de libros algoritmos sin sentido, diccionarios de páginas blancas, eróticos sus pliegues
arcaicas pinturas, ternura desdibujada, malhecha
En medio del más dulce orgasmo me llega tu áspera risa, grosera, rota
Posmoderna, casi humana, casi convincente, ¡cuánto tiempo malparido contigo!
Habitante del árbol de una tecolote en muerte, mudo no escuchas
tu sordera, profundo sofisma sin olor a sangre ni entendimiento, tu lengua
descripción de redondeces cuerpo superficialidades
Solo los girones del viento escuchan la levedad de lo no dicho, de lo no escrito, lo simulado
Yo me quedo con lo dicho, con las revoluciones del agua, escribas de manos invisibles
Lo no dicho, ese ser manoseado oculto, oscuro, sobrevalorado y sin fatiga
Tigre, a veces canto sonámbula, ¿escuchas mis gritos amarrados?
Dime, ¿es acaso mi lábil femineidad hundiéndose?
¿es acaso mi pesada piedra que cae al río sin hacer ondas?
Solo tú, tecuani, hieres perforas desgarras me tragas como arcilla virgen, a manos llenas, roja, aún sin fuego…y aun así, te quedas con hambre, hambre vaciada:
A zarpazos:
y ligero, tigre, despuntas del río verde empapada famélica …coronada se vislumbra la cabeza de tu infanta: contigo quiero caminar esta noche de loquísimas ráfagas, brutales
Cantan mis muertos y entre sus huesos no para de llorar la aurora
Ilustración de Yukari Masuike
| Maricruz Huerta (Ciudad de México, México, 1970). Maestra en el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles. Estudió Artes Visuales en la Academia de San Carlos y una maestría en Filosofía en California State University, L.A. La mayor parte de su actividad creativa ha estado dedicada a la pintura y a las artes visuales en general. Sus intereses se centran principalmente en los lenguajes visual, escrito y oral, la naturaleza, concretamente los ríos, la filosofía del lenguaje, la estética y la filosofía nietzscheana. Ha publicado ilustraciones y textos filosóficos en la revista Philosophy in Action de la CSULA y en la Gaceta de la UNAM. Forma parte del colectivo de poetas dirigido por Juan Carlos Martinez Parra. |
